I
Vira se ha sentado
en la orilla de la cama. En su boca aún quedan rastros del humo del cigarrillo
de la noche del martes, de la polla del sábado, del chocolate del lunes, de la
cerveza del miércoles y de las ganas de enviarlo todo a la mierda que vinieron las siete noches siguientes,
hasta hoy. El frío del suelo se le cuela por la planta de los pies, pero al
llegar al centro de su cuerpo se siente intimidado por ese castillo de hielo en
el que se ha convertido su corazón. Y huye. Huye de manera estrepitosa
ocasionándole un mareo que le hace apoyar los codos en las rodillas e
inclinarse sobre sí misma como si fuera a vomitar.
Qué asco da la
vida.
Al cabo de un
rato, regresa de la cocina con una taza de café que tiene dos cucharillas de
sus esperanzas para que le de algunas ganas de vivir y de salir a acabar con el
mundo. O con ella, que ni siquiera fuerzas para eso le quedan. Bebe lentamente
y se sienta en la palomera con las piernas colgando. Abraza la envidia que le tiene a los gatos y
considera que si mete la barriga mientras contiene la respiración, quizás se
pueda deslizar entre los barrotes y caer de pie 11 pisos más tarde.
Pero no.
Deja deambular la
mirada hacia los peatones que cruzan el paso de cebra sin mirar si vienen
carros, y piensa que así ha tomado las decisiones desde que cumplió los quince.
Sin tomar en cuenta las consecuencias, efectos colaterales, daños, heridos o
muertos.
Es consciente de su pequeñez en comparación con el mundo al ver a
aquella chica que se viene tambaleando en la acera con los tacones en la mano
derecha, las medias de nylon rotas y el cabello hecho un nido de pájaros. Y
luego esta otra que pasa bañada en sudor, trotando rítmicamente con los pechos
saltándole en compás de redonda negra. Y para su pesar, sabe que hay otra chica
en algún lugar del mundo leyendo Cumbres Borrascosas y enamorándose de
Heathcliff, otra que se empina lo que queda de su vaso de whisky sin pensar dos
veces. Sabe que hay una chica que colocó la música muy alto y baila sin
pantalones en la sala para olvidarse de todo. Una chica que se baja la ropa
interior por primera vez y dos que se han cansado de subírsela sin ayuda.
Y de un momento a
otro, se da cuenta de que 11 pisos abajo hay un chico que lleva una guitarra
guindada de la espalda, una gorra que no permite ver el color de su cabello, un
cigarrillo en la mano izquierda, unos pantalones agujereados. Se imagina que al
otro lado del charco podría haber otro chico que esperó a que el semáforo se
colocara en rojo para cruzar la calle, que lleva un bolso con libros en la
espalda, que esa mañana decidió peinarse con la carrera de medio lado y que
nunca ha probado un cigarrillo.
Ve como el
desconocido pasa en dirección contraria a la chica que se tambalea y su
imaginación es más rápida de lo que pudo prever. Imagina que se conocen, que
ella viene de intentar olvidarlo en bares, sin éxito, y él va a buscarla como
la dejó, pero la encuentra hecha añicos. Imagina que la toma de la mano y la
abraza con fuerza, sintiendo el roce de su cuerpo, como un mecanismo para reunir
todos los pedazos de su ser que quedaron regados por el lugar. Imagina que se
la lleva a su apartamento y la vuelve a abrazar, la chica levanta el rostro
lentamente y él la besa, primero con suavidad y luego con desesperación hasta
que se convierten en una manojo de brazos y piernas entre las sábanas. Una y
otra vez hasta que el universo después del clímax se siente como tierra de
tanto pasear por él, hasta que vuelen a sentirse mortales y que se encuentran a
sí mismos.
Y Vira se
encuentra a sí misma, frustrada porque eso no le pasa a ella y con la
entrepierna húmeda. Casi molesta, camina hacia la sala y deja la taza vacía
sobre los libros apilados contra la pared. Se deja caer contra el sillón, se
quita la ropa, se hace suya (una y otra vez hasta que el universo después del
clímax se siente como tierra de tanto pasear por él) y deja caer la espalda que
lleva demasiado tiempo arqueada contra el respaldo. El cuerpo con una ligera
capa de sudor, el corazón acelerado, los músculos adoloridos, la respiración agitada.
Vira se levanta y
se sube la ropa interior sin ayuda. Se sirve un trago de whisky y le reconforta
el calor bajando por su esófago cuando se lo toma tirando la cabeza hacia atrás
con fuerza. Coloca el primer disco de vinilo que sus dedos encuentran y se deja
ser libre por la habitación imaginando que es el extraño quien la mira. Alza
los brazos, riéndose sola, meneando las caderas, tropezando como imbécil y
estrellándose de bruces en el suelo mientras siente los labios de Heathcliff susurrarle
al oído “No está en su poder que le ame
como a mí” y le da un beso en la mejilla.
Vira rompe a
llorar.
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