martes, 30 de junio de 2015

Sexo para uno.

I

Vira se ha sentado en la orilla de la cama. En su boca aún quedan rastros del humo del cigarrillo de la noche del martes, de la polla del sábado, del chocolate del lunes, de la cerveza del miércoles y de las ganas de enviarlo todo a la mierda  que vinieron las siete noches siguientes, hasta hoy. El frío del suelo se le cuela por la planta de los pies, pero al llegar al centro de su cuerpo se siente intimidado por ese castillo de hielo en el que se ha convertido su corazón. Y huye. Huye de manera estrepitosa ocasionándole un mareo que le hace apoyar los codos en las rodillas e inclinarse sobre sí misma como si fuera a vomitar.

Qué asco da la vida.

Al cabo de un rato, regresa de la cocina con una taza de café que tiene dos cucharillas de sus esperanzas para que le de algunas ganas de vivir y de salir a acabar con el mundo. O con ella, que ni siquiera fuerzas para eso le quedan. Bebe lentamente y se sienta en la palomera con las piernas colgando.  Abraza la envidia que le tiene a los gatos y considera que si mete la barriga mientras contiene la respiración, quizás se pueda deslizar entre los barrotes y caer de pie 11 pisos más tarde.

Pero no.

Deja deambular la mirada hacia los peatones que cruzan el paso de cebra sin mirar si vienen carros, y piensa que así ha tomado las decisiones desde que cumplió los quince. Sin tomar en cuenta las consecuencias, efectos colaterales, daños, heridos o muertos.

 Es consciente de su  pequeñez en comparación con el mundo al ver a aquella chica que se viene tambaleando en la acera con los tacones en la mano derecha, las medias de nylon rotas y el cabello hecho un nido de pájaros. Y luego esta otra que pasa bañada en sudor, trotando rítmicamente con los pechos saltándole en compás de redonda negra. Y para su pesar, sabe que hay otra chica en algún lugar del mundo leyendo Cumbres Borrascosas y enamorándose de Heathcliff, otra que se empina lo que queda de su vaso de whisky sin pensar dos veces. Sabe que hay una chica que colocó la música muy alto y baila sin pantalones en la sala para olvidarse de todo. Una chica que se baja la ropa interior por primera vez y dos que se han cansado de subírsela sin ayuda.

Y de un momento a otro, se da cuenta de que 11 pisos abajo hay un chico que lleva una guitarra guindada de la espalda, una gorra que no permite ver el color de su cabello, un cigarrillo en la mano izquierda, unos pantalones agujereados. Se imagina que al otro lado del charco podría haber otro chico que esperó a que el semáforo se colocara en rojo para cruzar la calle, que lleva un bolso con libros en la espalda, que esa mañana decidió peinarse con la carrera de medio lado y que nunca ha probado un cigarrillo.

Ve como el desconocido pasa en dirección contraria a la chica que se tambalea y su imaginación es más rápida de lo que pudo prever. Imagina que se conocen, que ella viene de intentar olvidarlo en bares, sin éxito, y él va a buscarla como la dejó, pero la encuentra hecha añicos. Imagina que la toma de la mano y la abraza con fuerza, sintiendo el roce de su cuerpo, como un mecanismo para reunir todos los pedazos de su ser que quedaron regados por el lugar. Imagina que se la lleva a su apartamento y la vuelve a abrazar, la chica levanta el rostro lentamente y él la besa, primero con suavidad y luego con desesperación hasta que se convierten en una manojo de brazos y piernas entre las sábanas. Una y otra vez hasta que el universo después del clímax se siente como tierra de tanto pasear por él, hasta que vuelen a sentirse mortales y que se encuentran a sí mismos.

Y Vira se encuentra a sí misma, frustrada porque eso no le pasa a ella y con la entrepierna húmeda. Casi molesta, camina hacia la sala y deja la taza vacía sobre los libros apilados contra la pared. Se deja caer contra el sillón, se quita la ropa, se hace suya (una y otra vez hasta que el universo después del clímax se siente como tierra de tanto pasear por él) y deja caer la espalda que lleva demasiado tiempo arqueada contra el respaldo. El cuerpo con una ligera capa de sudor, el corazón acelerado, los músculos adoloridos, la respiración agitada.

Vira se levanta y se sube la ropa interior sin ayuda. Se sirve un trago de whisky y le reconforta el calor bajando por su esófago cuando se lo toma tirando la cabeza hacia atrás con fuerza. Coloca el primer disco de vinilo que sus dedos encuentran y se deja ser libre por la habitación imaginando que es el extraño quien la mira. Alza los brazos, riéndose sola, meneando las caderas, tropezando como imbécil y estrellándose de bruces en el suelo mientras siente los labios de Heathcliff susurrarle al oído “No está en su poder que le ame como a mí” y le da un beso en la mejilla.


Vira rompe a llorar. 

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